lunes, 6 de septiembre de 2010

A FRIDA



El rocío gime sobre los árboles;
tímido, calmado...,
con su olor inmóvil,
luego cae sobre la rosa
tras la suave brisa mañanera.
Siento un taciturno silencio estremecedor
como si otra estación pasara sin ti.

Pensamos en el tiempo
como algo que va hacerse en nuestras manos
y  tal vez nunca lo podremos controlar
como no podré controlar las olas
de amor y ternura que me has legado.
Solo quedaron cosas abandonadas
que el mundo se tragó.
Huertos baldíos de tu montura.
Mi aliento en tu aliento...,
mi piel en tu piel.

Mis viejos libros guardan todavía
aquel perfume que sembraron tus pestañas
y  el sudor de tu misterio
sobre el cansancio de tus ojos.

Yo sé que sientes como yo muy adentro
con cada amanecer el mismo sobresalto.

El recuerdo hace crepitar el ocio en mis manos
y retozar los dolores entre ríos difusos.
Tus besos quedaron en desorden
entre sábanas sucias
y quebrantados sueños;
conmovedoras serpentinas que arrastró 
el viento de la madrugada.

Al recordarme
podrás dudar de muchas cosas,
pero jamás dudes que te amé.

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