Mostrando entradas con la etiqueta CUENTOS PROPIOS. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta CUENTOS PROPIOS. Mostrar todas las entradas

jueves, 14 de noviembre de 2013

BUENO PARA NADA


Ya cargado en años y cansado, se dormía sin querer en cualquier parte. Sus párpados simplemente se cerraban. Todos sus amigos sabían de antemano lo que le sucedía a Tommy. Así que hoy no era un día distinto en su fantástica vida. Volvía a soñar. Ahí pegado en la borda del vapor navegaba en su mente, sorbía el enérgico y puro aire del mar del ingenio que inundaba todos sus poros. Había una cortés simpatía general por él. Todos observaban su dormitar y nadie se atrevía a despertarlo. Una fantástica y privilegiada mente no debía ser perturbada. Nosotros simplemente nos metimos en su sueño, así sin avisar. Aún se veía de niño, corriendo de aquí para allá. Su madre le tenía un gran amor, quizá como extranjera en un país difícil se apegó más a sus hijos. Una gran prole de la cual Tommy era el séptimo.


En su sueño se veía en la escuela. Tenía muchas ganas de aprender. Tomaba sus libros y un pequeño pizarrón. Un beso de su madre y listo…

El caso es que jamás se imaginó lo que sucedería aquel día en la misma. Un maestro intolerante y poco dado a las pláticas fue el actor que marcó para siempre la película de su vida. Por eso el sueño era repetitivo para el viejo Tommy, quien lo recordaba y su mente no hacía más que volver al pasado en cada descanso..., en cada sueño. 

Aquel día el pequeño Tommy regresó a casa llorando. No tenía más de ocho años cuando el maestro le dijo: “Eres un bueno para nada” y luego lo calificó como “estéril e improductivo”. Vaya noticia que fue para la madre. Una y otra vez se lo repetía. Estéril e improductivo.

Nancy, su madre no le dio mucho crédito, lo tomó del brazo y siguió con su educación personalmente.

Tommy recordaba en el sueño perfectamente cómo vendió diarios, verduras, mantequilla y moras en un tren. Y lo que más recordaba eran esas interminables horas que aprovechaba para leer uno que otro libro en una biblioteca pública. Como quiera que pasara gran parte de su vida en los trenes, empezó a trabajar en ellos, pero no por mucho tiempo. “Bueno para nada” fue despedido por desobedecer órdenes. Una vez más su carácter le trajo problemas.

El sueño repetitivo del Viejo Tommy iba y venía de las muchas veces en las que intentó hacer algo y no lo consiguió. Fueron muy pocas veces las que “Bueno para nada” logró su propósito.


El viejo sonreía dormido en su chaqueta negra perfectamente entallada. Todos lo miraban dormir justo cuando llegó el mayordomo, quién abriendo la inmensa puerta de roble contigua al recinto caminó hacia él y tocándole el hombro suavemente, lo despertó:


- Sr. Edison, despierte lo aguarda el presidente.

Autor: JUSTO ALDÚ/Julio Stoute. 2013

miércoles, 28 de agosto de 2013

LA LUNA DE MOHAMMED




Los dorados y destelleantes brazos de la media luna otomana con disimulo bañaban los blancuzcos techos. Caía una tarde cualquiera y se podía divisar la silueta claramente dibujada en el cielo. Mohammed se preparaba para cumplir con una más de las cinco veces que debe orar en dirección a la Meca, las lágrimas anegaban su hierática faz, mientras se hincaba frente a una pequeña alfombra con delicados dibujos árabes. Era un hombre bueno, justo y luchador que jamás hizo daño a nadie, incluso respetaba las pequeñas flores que veía en su camino. Al igual que los cristianos lo hacen con la Biblia, él leía con frecuencia El Corán. 

El árabe concluyó sus oraciones, se incorporó lentamente y aún apesadumbrado, salió y observó el dantesco cuadro se cernía en las calles, la población aún no sabía qué hacer, iba y venía gritando. Mujeres que en medio de la desesperación perdieron su burka, buscando histéricamente sus familiares y conocidos. Días antes, en un suburbio de Damasco donde residen, gas tóxico se esparció entre las casas. 
Muchos bajaron a sus sótanos tratando de escapar, lo que ignoraban era que éste era un gas pesado y bajó con ellos. Solo encontraron la muerte entre estertores y bocas espumeantes. Ahí estaban sus cuerpos dispuestos en distintos sitios, prestos a ser descubiertos y engrosar la lista negra. 

Muy dentro Mohammed lo sabía, esas no fueron las enseñanzas del profeta y muchos no pueden sentirse menos que consternados por el nivel de violencia. Al principio, había desconcierto. Se dudaba, pero luego, distintas personas que encontraba en las calles le fueron confirmando el brutal ataque en el que murieron indiscriminadamente hombres, mujeres y niños. Igual comprobó cuando se detuvo para escuchar a un médico grabando el reporte. “La atropina y la hidrocortisona, no fue suficiente para abastecer los centros de atención hospitalaria, 36,000 jeringuillas fueron utilizadas para aliviar los síntomas en los sobrevivientes.” Mohammed no estaba presente cuando se dio el hecho. Fue a vender una importante carga a otro sector de la capital. Como muchos árabes es un comerciante y mantiene así a su esposa y a una larga descendencia. Cuando regresó, no había nadie, ni mujer, ni hermanos, ni amigos, ni hijos... 

Largos pasillos llenos de personas, tiradas sobre el piso con movimientos involuntarios llenaban hospitales. Las que sobrevivieron hacían preguntas inconexas y sus pupilas aún contraídas daban cuenta del abyecto ataque. Los enfermeros y colaboradores abandonaron poco a poco sus funciones, quizá porque muchos murieron al impregnarse con los agentes químicos de sus víctimas y cundió el pánico. 

Había que agregarle otro capítulo al legendario libro de Alighieri.

Mohammed movía la cabeza de un lado a otro y sus ojos se empañaron nuevamente. Así caminó en círculos días enteros, como un orate sin saber su destino. Finalmente se sintió liviano, como si flotara en medio de una nube. Es la gloria de “Alá” pensó, pues no tenía dolor, ni llanto. Tampoco sentía sus pies. A lo lejos, divisó un objeto semi enterrado, reconoció la pequeña banderita de las barras y las estrellas, aguzó la vista leyendo atentamente “T-o-m-a-h-a-w-c-k” misil. Entonces comprendió que él, ya tampoco existía. 



Autor: Justo Aldú

domingo, 2 de junio de 2013

HISTORIA SIN TIEMPO


Amiga, amigo, voy a contarte una historia;
ven, chupa las palabras de mi pluma.

Este era un reino mágico tan, pero tan diminuto, que cabía en esa tierrita insomne y universal que llevas en la uña del dedo medio de tu viajera mano derecha. Y era tan, pero tan inmenso, como toda una astronomía de asombro escuetante en los infusorios de la Vía Láctea y más allá era todavía larvario cuando él lo analizó, pues este reino de maravilla, esta saliva de eternidad, contaba con sus relatores, sus espanta-especies, sus denuncia-sucesos, sus digiere-mentiras y como es natural, tenía un rey una reina y una princesa.
Pues bien, escuché que en éste reino de maravilla sucedió un caso insólito ¡Todos eran estudiantes de algo! incluso el rey, la reina, su hija la princesa. Y todos los vasallos, se engordaban a causa de una rara enfermedad. ¡Estudiaban astronomía! claro, esto ocasionaba no pocos contratiempos a los ignorantes (siempre se cuelan por las rendijas de cualquier país, aunque éste sea de cuento) Ellos no querían estudiar, y sufrían, pues se habían echado sobre sus hombros la tarea de defender su país de maravilla; tanto insistieron en que el rey la reina y la princesa dejasen de estudiar y tanto intrigaron sobre este punto, que el mago (todos los cuentos tienen uno), que era un erudito en metamorfosis, escuchó sus reclamos. Luego vino y habló con el rey, la reina y la princesa, planteándoles el dilema.
“Amado rey, amada reina, amada princesa, con el alma llena de aguaceros, los pies arrugado de caminos y los ojos buceando futuros, me han hablado los señores ignorantes, ellos se dedican a guerrear y cosas por el estilo, pero alguna razón deben tener cuando se les erizan los pelos todos los días a la hora de sus entrenamientos, y yo con mis estudios, he sacado en claro que esto se debe a que un astro albino ronda a nuestro astro rojo y amenaza con hacer brotar “la leche” que mana de sus dedos cuando uno se hace una herida. Pues bien, este astro blanquiñoso, se acerca con intenciones aviesas, las peores... Y muy sencillo les digo, casad a vuestra hija la princesa con un ignorante. Este se encargará de defenderla a ella y por vosotros; y luego por deber a la tierra donde vuestros pies se besan con el plomo”.
El rey y la reina escogieron al ignorante, más apuesto, gallardo y ardoroso.
¡Y que nadie se me raje o le parto la cara, maldita sea! (dijo, el más machote)
Los casaron y entonces se encargó de la defensa del sol rojo contra el sol albino que se acercaba, pero sucedió algo que lamentaremos terriblemente. Nadie lo sabía, pero el sol albino, rubio rubio y feroz como un alarido, estaba poblado totalmente de ignorantes. Todos eran guerreros y ante el sol rojo blandió su espada. Lo asoló, es decir, lo arrasó totalmente y vertió la sangre del rey, la reina y sus súbditos. No contento con eso, a la bella e inocente princesa la convirtió en tierra. O debiéramos decir, la aterró con su brutalidad, su fuego inhumano, su ignorancia, propia del más empecinado fanatismo y una torcida lengua que no habla como la flor, ni como puma, ni tampoco como habla como la obsidiana, ni como habla el barro, ni la flecha, ni la ceiba, ni el maíz, que era el idioma del rey, la reina, la princesa y los habitantes de aquel reino mágico, sino que hablaba como hombre… Simplemente como un mortal.
Por eso sometió ese sol al otro, pues las cosas inflamadas de sabiduría y profundidad de astros y misterio, son tan delicadas que un simple hombre ignorante las puede deshacer como un niño travieso triza un joyero musical del más puro cristal.
El reino mágico ya no existe, pero la princesa tierra, sojuzgada y ultrajada sí.

Ah, se me olvidaba, cualquier similitud cabe en lo posible…Ahora sí,

FIN

Autor: Justo Aldú

lunes, 6 de agosto de 2012

EL ENTIERRO




Yo no quería asistir. No estaba acostumbrado a esos eventos sigilosos, místicos y plañideros.

Algunas veces los veía pasar desde mi ventana, pero nunca me atreví a preguntar quién era el finado. Eso no me interesaba, al contrario, me producía escalofríos y extrañas sensaciones. Por eso no estaba dispuesto a asistir.

Casi no recuerdo cómo pasó, pero en un instante me encontré completamente vestido y bajando en el ascensor. Una fuerza desconocida me impulsaba y no me permitía retroceder. Iba en contra de mis deseos refunfuñando por dentro al no poder impedirlo.

Casi no sentía mis pies, ni mis manos, ni mi cuerpo, pero eso era lo que menos me importaba. Ahora más que nunca sentí un dolor muy grande en mi pecho. El estómago coreaba un inminente desalojo al ver el féretro. Todo me daba vueltas.

Nunca me habían gustado los entierros, pero ya estaba allí y tenía que cumplir con la sociedad; ensalzar las virtudes del difunto, poner cara de dolor por su partida y llevarlo lo más rápidamente posible al agujero para terminar con el suplicio.

La capilla estaba llena de personas que lloraban y no quise mirar sus caras por temor a contagiarme de lágrimas. Ver sus rostros me llenaría de ira. Para mí la mayoría de los asistentes a estos actos son hipócritas. Solo llevan flores llenas de dolor y después olvido a las tumbas.

Desde el primer momento pude ver que faltaba quien ayudara con el féretro. Todos querían ir detrás, pero nadie quería cargar el muerto. Extraña forma de querer –pensé-

Recuerdo que pesaba mucho y sudé como un loco. Cada paso era como drogarme nuevamente; aspirar el letal polvo una y mil veces hasta quedar exhausto y eufórico al mismo tiempo... sentía un poco menos de vida.

Ya no podía soportarlo y pedí ayuda, pero no me escucharon. Era como si no existiese.

Lo más curioso es que no me sentía los pies, ni las manos, mucho menos el cuerpo. Al comenzar el último responso en el cementerio finalmente me atreví a echar una ojeada al cadáver. Entonces me di cuenta que era yo.

Publicada en:
http://es.calameo.com/read/00103018879dc9447846c

jueves, 14 de abril de 2011

CONTESTA EL MALTRATADO

Parte II, contesta el maltratado.
Por años he soportado tus insultos, ganas no me faltaron de meterte una cachetada, pero no! Soy un hombre decente y mis padres me enseñaron desde muy chico que a las mujeres no se les pega ni con el pétalo de una rosa.
Muchas veces te he dicho que no me gusta tanto picante, pero cuando quieres que me sienta mal, me pones todo un "chile" en la comida, solo para verme echar fuego y reirte por dentro. Lo sé, lo leo en tus ojos.

Te he querido como un loco, pero nada es suficiente para tí, quieres mas, y más y mas. Todos los años quieres el último modelo de auto y mi sueldo no alcanza, por eso me quedo tarde en el trabajo, ganando horas extra, pero no! tu piensas que tengo un segundo frente o que mi jefe es gay y quiere verme a solas. En fin, si te traigo flores, me dices que te gustan los chocolates y si traigo chocolates, me dices que te quiero ver gorda, que no piense en hacer el amor hoy porque tienes dolor de cabeza. No eres romántica.
Ayer conocí a una persona por internet. Ella me entiende, no quiere meterse en medio, pero te juro que ganas no me faltan de ser feliz al lado de una persona que de verdad me entienda, que sea cariñosa.
A mi me duele dejar ésta casa, pero he de hacerlo el bien de los hijos y por el mío.

Y con mis libros, ja! no te meterás, ayer los puse a buen recaudo. Son mi tesoro mas preciado. Sé que la vida me tiene reservado un futuro y sea cual fuere, será mejor que el infierno en el que vivo....
No te deseo mal, todo lo contrario, que Dios te ayude a ser cada día mejor persona y rehacer tu vida como yo lo haré.


******

Siempre se habla de las maltratadas, jejeje, Y qué de los maltratados? Ellos también existen, pero la sociedad los tilda muchas veces de "menos machos o que les faltan pantalones" cuando les pasan éstas cosas.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

MI PRIMER AMOR

La ví hace tres años. Fue mi primer amor. Ja, ja, ja, ya está anciana. Los años se le vinieron encima. La miré a los ojos y nuestras miradas intercambiaron pensamientos. Sé lo que pensaba y ella también, luego tomé su mano y la coloqué junto a mi pecho con cariño. Me acerqué muy despacio y le dí un beso, un gran beso y un abrazo muy caluroso. Luego le dije: "Maestra, jamás la olvidaré, usted me enseño a leer".

viernes, 10 de septiembre de 2010

ENGAÑÉ A LA MUERTE




AUTOR: JUSTO ALDU



Todo parecía ir bien en mi vida. Tenía una buena familia, todos me querían y yo los quería a todos. Aún vivían mis padres y aunque ancianos se conservaban en buena salud. Constantemente los visitaba y les reiteraba mi profundo amor por haberme dado la vida. No había reproches en ese sentido. Solo había algo en mi vida que me traía inquieto desde hacía mucho tiempo. Tanto que casi no recordaba desde cuando comenzó mi suplicio, solo recuerdo que fue de muy chico, desde que comprendí que mi nombre llamaba mucho la atención a otros niños, los que se burlaban y me ponían todo tipo de sobrenombres para hacerme mofa y divertirse a costillas mías. Desde entonces mi vida fue en ese sentido un calvario. Todo a causa de ese bendito nombre: Tartufo.
Los demás niños se reían tanto mientras yo lloraba que poco a poco lo fui superando.
Ya de adulto decidí que no podía seguir en este calvario y tomé una decisión. Una decisión que cambiaría mi vida para siempre y acabaría con el martirio de las críticas y los motes que tanto daño me hicieron. Decidí cambiar de nombre. Decidí llamarme Alberto. Sí, ese parecía ser un nombre más común, menos complicado y no se prestaba para burlas.
Un buen día, me levanté temprano, me dirigí al Registro Civil e hice todos los trámites ante esa entidad. Debía ser lo más rápido posible. No podía seguir siendo blanco de las burlas y de los comentarios de tantas personas que solo asomaban una risita al averiguar cómo me llamaba.
Decían oye tarti: Tu mamá no te quería compañero, francamente te asesinó con ese nombre: Tartufo. Acto seguido una inmensa carcajada llenaba el lugar y todos la seguían con pequeñas risitas y miradas de soslayo.
Cuando me entregaron mi nueva identidad me sentí feliz, pero la felicidad duró poco. Un mes después, me detectaron cáncer. Estaba muy avanzado, tenía pocos meses de vida y pensaba que no me había durado mucho la alegría de saberme no burlado nunca más por ese ridículo nombre. Ahora por lo menos moriría como Alberto y no como Tartufo. Por lo menos en mi lápida habría un bonito nombre: Aquí yace Alberto, murió feliz.
El mes pasó rápido, la hora de mi partida llegaba. Yo no estaba triste, estaba tranquilo. Esperaba mi final con la frente en alto, erguido, enhiesto, orgulloso de tener un nombre normal.
Llegado el momento, me internaron en el hospital hasta el final de mis días.
No estaba nervioso cuando cuándo la vi recorrer los pasillos del nosocomio. Su silueta era alta, muy alta, su rostro no se podía distinguir porque lo cubría un capuchón negro, solo se veían sus ojos brillar. En su diestra portaba el distintivo: La hoz. Si, era la muerte. Sabía que venía por mí. La esperé pacientemente. Tan paciente, que casi me sorprendió cuando pasó de largo. No sabía qué pasaba. Tal vez habría otro en la lista al más allá, no lo sé.
Cuando todo pasó. Me levanté de la cama muy despacio y me dirigí al salón principal. Estaba asombrado. Juré mil veces que había llegado la hora. Pero mi sorpresa fue aún mayor. Sentados en una hilera de bancas, tres ancianos conversaban en voz baja, me acerqué lentamente y antes de que pudiera emitir palabra, levantaron la mirada y sonrieron.
-Aún no te toca. Dijo uno de ellos
-Faltó poco. Tal vez el otro año, je, je, je. Añadió otro.
Lo más sorprendente fue lo que dijo el tercero:
La muerte vino por Tartufo, pero tú te llamas: Alberto.